Otra vez tú, musa.

Duende del alma que habitas mi almohada
y desapareces con la mañana
deslizándote por una ventana.
Elfa, te vi jugando con un hada.

Musa, me tiene inquieto tu llegada.
Antes de soñar pasa una semana:
Tregua nocturna luciendo lejana
espera despierta a nuestra velada.

Pequeña… Tu mar navega mi mente
y olas la inundan, amado duende.
Duende, musa, elfa de alma demente.

Escucho tu risa y no sé dónde,
esto es un sueño del que eres presente:
mis labios preguntan, tu voz responde.

Anuncios

Contubernio de agentes del suspiro.

Lo único que deseo en este momento
es no parar de escribir jamás.
Parar el pensar para lanzarme al
abisal abismo de lo descomunal.

Sumergirme en el mar de la música
hiperbórea, de la interpretación
magistral de los vivos que abonan
el aire de la ciudad.

Esa música es genial,
es hija de la más sublime deidad
que emergió desde la profundidad
de la inerte tierra para regalarnos
el contubernio de su fecundidad.

Ven y háblame de lo ilegal,
ven y déjame escuchar los peores
cuentos que desafían la felicidad;
vamos a matar algunos lobos
que habitan tu ciudad.

Sinfonía del caos.

Hay garabatos en miles de papeles desperdigados,
encuadernando paredes que esconden días
sin hojas que llenar de tinta ni sitios en la piel
donde escribir otro poquito más de poesía.

Tengo versos en recortes de periódico
y kilométricas estrofas en rollos de papel;
me caben poemas en boletos de autobús
y en los recibos de cada nueva resma, también.

Cuidaba un huerto lleno de morfemas
que es ahora vergel de incontables palabras.
No es una metáfora, las hojas de los árboles
no iban a salvarse de un modo tan fácil.

Ni las rocas, ni la arena de las playas.
Ni lo efímero ni lo aparentemente tan eterno.
En las ondas de radio, en las cintas magnéticas
o en tesoros escondidos en cajas de tres pulgadas
y media.

No lo dudéis, me encanta como suena
cada uno de mis teclados. Los amo tanto
como a mi primera pluma. Su tacto, sus interruptores
y la fuerza de sus muelles.
Su repiqueteo
contra vidrios de lluvia. Escuchar la tormenta,
cómo se desencadena. O la brisa del deleite
bajo las yemas de mis dedos.

Pero es ese movimiento discreto y tan agitado,
esa forma de escupir los versos,
tan abruptos.
Tan castigados.
Tan faltos del ritmo y la fluencia
de los dedos que empuñan la pluma.

De la mano
que desenfunda su esgrima
para una certera estocada de florete.
Florituras que danzan entre
flores que interpretan la partitura,
eternos ecos de una vida.

Las fugas, los versos y la poesía
son el más refinado producto
de años portando su luz a vuestros universos.
Florituras que danzan entre
flores que interpretan la partitura,
incesante eco, sinfonía del caos.

Catch the wind

In the chilly hours and minutes
Of uncertainty
I want to be
In the warm hold of your loving mind.

To feel you all around me
And to take your hand
Along the sand,
Ah, but I may as well try and catch the wind.

When sundown pales the sky
I want to hide a while
Behind your smile,
And everywhere I’d look, your eyes I’d find.

For me to love you now
Would be the sweetest thing,
‘T would make me sing,
Ah, but I may as well try and catch the wind.

Diddy di dee dee diddy diddy,
Diddy diddy diddy dee dee dee.

When rain has hung the leaves with tears
I want you near to kill my fears,
To help me to leave all my blues behind.

For standin’ in your heart
Is where I want to be
And long to be,
Ah, but I may as well try and catch the wind.

Donovan Leitch.

antiSoneto de Rocío

Ojala y, cuando despierte en mi almohada
ese olor se cuele por la ventana,
las claves de sol, entre la guitarra.
Ojala, y esté la hierba mojada.

Suena un violín su nota, prolongada,
junto a arpegios de piano
que rompen el ritmo
y ensalzan el caos.

Las hojas tocan bien su papel en la sinfonía:
Las gotas de cello que frotan las cuerdas
a la verde armonía. Las ramas silbando
sus vivos olores son colores que palpitan.

La hiedra si llega al tejado compone
un canto que percute al bosque y
cala al asfalto. La fronda persiste
sabiendo a tabaco ora sonando a mañana.

//El ritmo y el orden apenas son
una ilusión del tiempo. Una cuestión de escala.
La casualidad y el cosmos solo son
un espejismo del caos. Una cuestión de paralaje…
α  m  ρ  λ  i  t  μ  d     δ  e     m  ι  r a s,
α  m  ρ  λ  i  t  μ  d  ε  σ     δ  e     o  n  d  α.

Seguro que está de broma.

Hace justamente dos semanas empezó el año que precede al centenario del nacimiento de una de las mayores mentes del siglo XX. La cultura popular le recuerda por su trabajo en Los Alamos durante su contribución al Proyecto Manhattan. Responsable del departamento teórico donde no dejó de hacer notar su actitud y sembrar sus anécdotas. Incluso ante situaciones aparentemente tan insustanciales como monótonos e interminables cálculos.

Además, rechazó un merecido premio Nobel por cierta contribución a la física -él ya obtuvo su premio; “el premio es el descubrimiento”- que, pese a no ser conocida por su nombre, es un icono recurrente entorno a la (últimamente más carismática) cultura Nerd: Los diagramas de Feynman.

feynm2.gif

Una maravillosa formulación que hacía de dolorosas ecuaciones engorrosas algo simple e intuitivo. No solo logró contribuir en gran medida a la teoría electrodinámica y continuar con los pasos del mismísimo Paul Dirac sino que también pudo entenderla hasta el punto de ser capaz de explicarla con garabatos.

Pero esta vez, la historia que contaré no hablará de física, no será la electrodinámica cuántica ni las armas nucleares. Con estos tópicos solo gastaría mi tinta y el tiempo de cualquier lector, considerando la cantidad y calidad al respecto. Lo que haré será justificar mi “divertida” (léase poco seria ☺) hipótesis.
Richard “dick” Feynman es el primer hacker informático de la historia.
Antes de acuñarse el término e incluso mucho antes de los primeros aficionados a perder el tiempo jugando con el funcionamiento de los sistemas de telefonía. Y desde luego que Feynman era un completo curioso, más obsesionado en descubrir y entender el cómo que en saber el qué. Romper los límites.

Durante su estancia en el laboratorio de Los Alamos tuvo pocas distracciones y entretenimientos, por lo que tuvo que idear su propio divertimento. Todos los responsables de departamento tenían una puntera y sofisticada caja fuerte, cuya seguridad estaba fuera de la ley, para almacenar cualquier material sensibleÉl decidió enfrentarse a ese reto que suponía la infranqueable seguridad. Y lo hacía todo, como era habitual en él, pensando.

No entraré en muchos detalles acerca de la seguridad, salvo que la cantidad de combinaciones posibles en las tres ruedas que tenía, eran un millón. Usando la fuerza bruta (esto es, probando todas las combinaciones) se tardaría en torno a un par de meses, a un buen ritmo. Feynman se las ingenió para reducir las combinaciones posibles, para abrir las cajas fuertes del resto de sus colegas en espectaculares exhibiciones, a poco más de 20 posibilidades y algo menos de un minuto.

¿Cómo lo hizo? Bien, por un lado tenemos la parte mecánica. A base de jugar y perder el tiempo con pruebas y errores, descubrió un fallo en el funcionamiento que toleraba un error de dos dígitos por encima y por debajo con respecto al dígito exacto. Si en uno de los discos el número era 32 -por ejemplo- entonces los dígitos 30, 31, 33 y 34 también servían para desbloquear dicha rueda. Eso reducía bastante el trabajo, pero no se contentó solo con conocer las vulnerabilidades de la propia caja. Es decir, la ingeniería social era demasiado útil para obviarla. Observando, se dio cuenta que la mayoría de contraseñas eran fechas. Habiendo días y meses limitados, eso reducía aún más las posibilidades. 3, 8, 12 servían para todos los meses; 3, 8, 13, 18, 23, 28, 31 servían para todos los días; y con eso ya solo quedaba un último disco. 1.000.000 de combinaciones habían quedado reducidas al 0.01%

Con esas 100 combinaciones posibles, entraba en las oficinas con su aire misterioso, cargado con una bolsa llena de herramientas y aparatos solo para impresionar más. No enseñaba cómo lo hacía bajo pretexto de seguridad y secreto clasificado, pero siempre hacía entrar a todos a los pocos minutos para que viesen la caja abierta.
Con el tiempo se fueron dando cuenta de que esas combinaciones tenían alguna debilidad, y algunos colegas empezaron a usar constantes matemáticas y otros valores para sus cajas fuertes. Y Feynman, no se quedó atrás.

Su perversa y taimada astucia lo llevaron a mejorar su método de las formas menos honorables posibles. Frecuentando el despacho de sus colegas, se dio cuenta de que a veces estaban abiertas, revelando así dos valores de la combinación y haciendo que incluso las más rebuscadas contraseñas quedaran reducidas a 20 combinaciones.

No era un ladrón; ni usaba ganzúas como todos pensaban. La única herramienta que empleaba era su mente. Dentro de las cajas no había ningún premio. El premio ya lo tenía: La satisfacción de resolver el acertijo y demostrar lo listo e ingenioso que era.

Supongo que su reputación y carisma entre los más jóvenes estudiantes de aquella época, la forma de transmitir y contagiar su curiosidad, pudo inspirar y dotar de determinación a los mejores hackers que todos conocemos. En el fondo, la computación o la informática empezaba a dar sus primeros pasos como campo propio fuera del nido de la física. La misma física electrodinámica de Dirac que Feynman, inspirado por este, continúo. El agudo ingenio que hoy hace posible la existencia de este pequeño homenaje.

Someone give this man his orange juice!
Siempre le recordaremos.

El soneto de la arpía.

Es un ingenio de la ingeniería,
un avión sobre un arma ensamblado
con un sonido que viaja al pasado
cuando hace del sol su vasta umbría.

¡Ábranse los cielos ante la arpía!
Suena de fondo algún gemido, ahogado
por otro sobre el pasto quemado,
aullando como toda una jauría.

Dédalo e Ícaro bailan sobre el viento,
moviendo el mundo bajo sus alas
y expeliendo salvadoras bengalas;

Prometeo debió estar atento,
vigilar con más cuidado su entrego
y no poner en mis ojos su fuego.