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First things first.

Unos minutos – Pido a mis relojes.

No sé por donde empezar; ni escribiendo, ni en estos momentos. Y se resume fácil:
El tedio de las últimas y agónicas semanas de estudio, el ajetreo social. Los planes de viaje y sus requisitos económicos. Que si dar unas clases por allí, que si unos trabajitos por aquí; llegar a casa – joder, ¡Cómo esta la habitación! ¡Hay que salir a por comida! ¡Menuda han liado los gatos! ¡Hormigas haciendo aparición veraniega!- .  Y claro, con tanto mareo, desconcierto y complejo de octópodo (o de procesador multi-tarea) acabas cortocircuitado y con las ondas cerebrales totalmente desarmonizadas. Te tumbas en la cama, te pones música y respiras. Cierras los ojos e intentas imaginarte a ti, abarcando tanto, sujetando un globo de aire de radio astronómico – o “mu grande”-.

Pasan las horas mientras intentas recuperar la compostura y la sobriedad, y cuando el aguante se ve excedido por el resquemor de la apatía decides que el primer paso es levantarte y escribir.

Porque si hay algo que realmente me asalta y me inquieta a priorizar, es hacer de esos ojos tuyos una bonita oda lírica.

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Breve relato, extensa metáfora. Parte 3

Acto final. No puedo empezar por donde acabó la última parte de este relato si quiero poder continuarlo. Para llegar ahí, antes he de explicar una cadena de causalidades que me llevaron ante tal situación, la cual es bastante grande. Sinceramente, aun no conozco cual es el origen de estas, ya que de por si me tendré que remontar a un mínimo de dieciséis años.
Anteriormente, ya hice un inciso para aclarar el sentimiento de alienación con respecto a mi vida hasta el punto en que empezó este relato, en referencia a las elecciones. No esas que ocurren cada cuatro años, hablo de elecciones significativas que podemos hacer en nuestra vida, las cuales van a hacer que dependa el resto del camino de ellas. Mentí. No toda mi vida ha estado condicionada por algo que no pude decidir… De hecho, las escasas que pude tomar me llevaron a esta situación. Sin enrollarme más, las contaré de pasada mientras mentalmente me sigo sorprendiendo de las probabilidades que tenía de acabar en aquel punto de mi vida que tanto aprecio.

Todo comenzó con el tipo de decisiones que podían corresponderme. En aquel momento, yo era un niño de apenas seis años, sin más ocupación que descubrir el mundo en mis ratos libres e ir a las clases de la recién comenzada primaria. Yo disfrutaba auténticamente ese mundillo, en un colegio maravilloso donde lo que premiaba era claramente que los niños fuesen niños. En general todo era maravilloso, salvo una profesora que por suerte o por desgracia me toco sufrir medio año. Y digo medio año, porque ahí mismo empece a revelarme en contra de seguir así. No sabía tampoco muy bien por qué lo hice, y sigo sin saberlo. Tampoco era para tanto aquella profesora… pero yo no quería seguir ahí y así. Así que después de tanto molestar, conseguí que mis padres me llevasen al colegio público de mi zona (claro, yo no era tonto por aquella época tampoco, y supe manipular de cierta forma a mis padres comentándoles todos los puntos a favor del cambio). El caso es que lo logré. Pase cuatro años maravillosos en aquel nuevo centro, con nuevos amigos y enemigos (claro, como no), profesores maravillosos. Risas, llantos; días buenos y malos, pero con todo con una sonrisa incomprensible. Empecé a fijarme en chicas e hicimos muchas locuras por ellas. En especial, hubo una de la que no me olvidé en buen tiempo. A los dos años de estar allí, ella se marchó a otro colegio. Nunca la olvidaría, pese a que no fuese más que una tontería de la infancia. Al llegar a la ESO y terminar el primer año, volví a encontrarla. Ya tenía algo más de edad como para entender algo, y entendí que la quería y que quería estar en cierto modo con ella. Así que, una vez más enmascarando mis motivos, guerreé todo un verano a mis padres para conseguir cambiarme de colegio, solo por verla cada día. Fue mi motivo durante ese año, aun que una vez logrado mi propósito me encontré con que no fue más que un capricho mio, una estupidez pasajera que se pasó cuando empecé a darme cuenta de que no guardaba nada interesante para mí, de que ya había conocido suficiente. En definitiva, no le dí mayor importancia, pese a que fuese mi primer beso, las primeras manos que sujetaban las mías con la firmeza de algún tipo de atracción. Pasaron un par de años más, y yo ya estaba a punto de terminar la ESO, un año previo al verano de este relato. Ese verano anterior me pelee con los que en aquel momento eran mis amigos de todos los días. Quería sentir la adrenalina de la vida, correr por cualquier motivo, las primeras cervezas y las personas que después de siete años no han dejado de demostrarme la importancia y el valor de nuestra amistad. El haber cambiado de aires fue una más en la cadena de decisiones que me llevaron a tal situación.

Entre mi nuevo circulo de amistades, se desplegaba un sin fin de gente, amigos de los amigos, antiguos compañeros surgidos de las multiples amistades y cambios de colegio de aquellas personas, por lo que de un año a otro pasamos a conocernos prácticamente toda la generación que vivía al oeste de Madrid. Una de esas personas, a la que aun llevo dentro de mi, me habló un día de una amiga suya. Yo no presté mucha atención, sería una conocida más. Pero un día de verano, me volvió a insistir. Me dio su “messenger”, aquel sistema que por entonces usábamos miles de adolescentes para quedar y pasar las horas muertas hablando. Pasó todo el verano, y a mi vuelta a casa, abrí dicho sistema de mensajería para verme con algún amigo ese último fin de semana, enterarme de quienes estarían en mi clase de bachillerato, etc… Pero era de noche, y estarían ya todos en la calle o alejados del ordenador por orden de sus padres. En cambio, me surgió una conversación de alguien que no conocía. No tenía ni la remota idea de tenerla en mi lista de contactos, al igual que ella no sabía quien era yo… Así que comenzó a hablarme para mirar de enterarse quien era esa extraña persona que se había conectado espontaneamente. “Karol?” Preguntó. “No, yo no soy Karol..” y mientras escribía, caí en que era la persona de quien me había hablado aquel amigo. No sabría ni explicar como, simplemente me llamó muchísimo la atención. Su actitud, su manera de hablar y pensar, por no decir la extravagante vida que llevaba, en contraposición a lo que la vista y mi gente del extrarradio me tenían acostumbrado. Y más en aquel momento, después de ese verano que me había despegado de aquella burbuja en la que me había visto sumergido sin darme cuenta durante todos esos largos años. No sabría por qué, pero resultó ser su cumpleaños aquel fin de semana, y me invitó.

No olvidaré nunca la primera vez que la vi, andando por una céntrica calle de Madrid, con su hermano pequeño en brazos. Fue una sensación extraña. Yo no creía en el amor a primera vista, y por muy fuerte que fuesen mis emociones, no me dejaba guiar por ellas sin antes dejar a la lógica un concienzudo análisis, a conocer realmente a una persona antes de embarcarme en algo que me hiriese como ya me habría ocurrido una vez. Pero aun así, no pude ni aguardar unas horas hasta que aquellas emociones me dominasen. Había algo en esa persona, y yo lo sabía. No fue una intuición de tantas, fue mucho más, como aun sigo siendo prueba de ello.

Encontrar a la persona que invadiría cada sueño y pesadilla, cada día y noche, cada uno de mis pensamientos, ideas y objetivos. La persona que ha marcado una pauta a mi vida a través del sentido que yo le he dado por ella. Después de tanto tiempo y pese a las inclemencias de mi más alocada historia (la cual comenzó al acabar ese verano) sigo día tras día encontrando nuevas ilusiones por ella. He construido mis elecciones por ella, y aun que no sea el ideal que muchas veces contemplo, ha sido la persona que me ha hecho entender mis días y dar una razón a los que me quedan, pase lo que pase.   Y aun que nada de esos sueños y planes que ideábamos juntos puedan tener ya algún tipo de cabida en nuestras vidas, la entrega incondicional al amor que me descubrió, no la cambiaría por nada. Me hizo entender, que aun sin necesidad de buscar una razón o un por qué, no había ningún motivo más lleno de sentido en esta vida que el poder amar a alguien todos los días y entregar tu vida a la suya en una complicidad inquebrantable, al no dejar de descubrirte en esta vida llena de majestuosidades para nuestra contemplación.

Breve relato, extensa metáfora. Parte 2

No me arrepentía de todo aquel tiempo, pero lo vi como algo ajeno a mi, algo que no me había pertenecido realmente pese a que fuese mi pasado, el todo que me había configurado hasta este momento.

Conocí cientos, miles de personas que formaron parte de mi aventura. Todos ellos, quedarán por siempre en mi memoria, aunque de algunos ya ni recuerde su nombre, ni su cara. Recuerdo un chaval bien vestido que fue mi compañía toda una noche en una estación de autobús, o al punki viejuno que me contó tantas historias mientras furtivamente engañábamos evadiendo a los revisores del tren, de cómo una vez nos pillaron, y del largo camino andando.

En aquellos momentos, tampoco me importaba mucho por dónde o a dónde iría. Solo me importaba descubrir caminos y hacerlos todos míos. Cada espiga clavada, cada grano de arena que posiblemente aún me acompañe en alguna esquina de mi corazón. Cada rayo de sol que se impregnó en mi piel y que desde entonces me acompaña… Marcas de heridas y sonrisas, de días interminables y noches que deseé que jamás terminasen. Tres meses en un sin fin de viajes que aun siento grabados. Algo que en aquel momento no pude quitarme de la cabeza.

Y el verano se agotaba, eran mis últimos tres días de libertad… Lo gracioso, es que en ese momento no imaginé que esos últimos alientos del verano iban a significar aun más que todo eso. Iba a encontrar el sentido a miles de días venideros.

Breve relato, extensa metáfora. Parte 1

Esta corta historia que voy a contar ocurrió hace unos cuantos años. Empezaré por situaros.

El verano más hermoso y triste de mi vida estaba llegando a su fin, solo restaba un último fin de semana antes de volver a la rutina de las clases. Me dolía ese fin, más todavía que algunas penurias que tuve que atravesar. Yo quería que aquel verano nunca terminase. Había acabado la ESO, como todos los años, bajo la atenta y estricta mirada familiar que ya venía siendo desafiada por mi desde hace un tiempo. Aun así, después de ir arrastrando las obligaciones al vertiginoso vórtice del abismo de la desidia para conseguir exprimir al máximo lo que yo consideraba un tiempo irrecuperable, había conseguido permanecer al límite de dicha rutina pero sin caer en ella. Y ahora era libre.

No voy a negarlo, los problemas en mi casa abundaban más que la contaminación en Madrid. Y yo, de por sí al ser esta mi naturaleza, y aun más por la edad, no contribuía en su suavizado, si no más bien en su agravio. No es que yo pretendiera el mal, pero no comprendía nada de lo que repentinamente se me había avecinado.
Así que una vez más, me lleve por mi instinto más felino, más salvaje y desbocado: No había mañana, solo existía el momento. Y el momento, era ahora. Solo quería forjar mi vida, y considerarla solo fruto de mis elecciones… ¡Suficiente había sufrido ya esos 16 años, siempre condicionando mi camino al designio de los demás!

Quise viajar. Mis padres se pensaron que simplemente me había escapado de casa a la de un amigo. Algo cercano, vaya, aliviando así su mente sobreprotectora. Nada más alejado de la realidad. Recorrí las tierras de España, camine descalzo tanto por la costa oceánica como la interior; las montañas de la meseta; los cañones, ríos y manantiales de la mitad sur, los desiertos de Almería, las playas de Cádiz, y toda una gama de colores amarillos que imitaban la energía del sol… Visité los valles de una tierra poblada por la bruma y la niebla, lugares donde el verde esperanza poblaba cada rincón de mi vista, desde Roncesvalles hasta el llamado Fin del Mundo. Me alimenté de zarzas o de lo que la amable gente que iba conociendo me ofrecía, probé y distinguí el pan de cada pueblo. Creo que aun conservo en algún lugar de mi memoria todos aquellos olores y sabores. Nada más reconfortante que reconocer la diferencia en la flora, sin saber de botánica, meramente por la fragancia que despertaba cada mañana con el rocío, a expensas de los primeros rayos.

Había escuchado miles de formas distintas de entonar el castellano, desde los melódicos cantos gallegos a las sutiles y suaves voces de la costa mediterránea, donde el sol sureño amainaba la fluidez de estas palabras, como dejando que el sonido del mar se entremezclase en las conversaciones haciéndolas aun más amenas.

Había forjado más mi ser en tres meses de cuanto lo había hecho en todo ese tiempo que ahora consideraba perdido….

Muertos – Capítulo 34

Muertos

– A estas alturas te habrá quedado ya bien claro por donde van los tiros, ¿no? – inquirió
– Siento defraudarte – Contesté – pero…
-Vamos, hombre – me interrumpió – con todo esto que has vivido… ¿Y sigues sin entender nada?
-Claramente es difícil o imposible que capte el sentido que tiene para ti tanta metáfora en un mundo surrealista.
-Bueno, la metáfora te va a sugerir cualquier cosa, parte condicionada por como eres, y otra parte pautada por las palabras que use
-Entonces ¿Qué pretendes que entienda?
-No tienes que entender otra cosa más que no hayas dicho, la realidad no existe como algo único, solo las interpretaciones que hacemos.
-Genial, pero entonces ¿Cómo pretendes que entienda algo? Si solo va a depender de mi darle un significado… ¿Qué papel tienen todas esas cosas que se me muestran confusas, si no me van a hacer comprender nada nuevo a lo que no este ya predispuesto?
-¿Sigue sin ser obvio? – Ahora me miró con una paciencia en detrimento – El único papel que van a desempeñar, es el de conocerte a ti mismo… Es la oportunidad de comprender porque elegimos un determinado camino, nunca para conocer ni el camino ni el destino.
-Inútil, pues. No me serviría de mucho darme cuenta de porque acabé muerto si ya lo estoy y no puedo cambiarlo
-No, pero a lo mejor no lo estarías si te hubieses conocido, si hubieses sabido de que instintos no podías fiarte, o si simplemente supieses cuales son todas esas suposiciones erróneas instaladas en tu cabeza que te llevaron constantemente de puntillas por los acantilados.
-Pff te estas ofuscando, me parece – dije desquiciado – No se que importancia tiene si ya estoy muerto.
-Es cierto, lo estás… Pero por un momento olvida todas las reglas del ego. Piensa que yo soy tú hablando desde fuera, y que tú, el muerto, soy yo.
-Entonces… ¿yo no estoy muerto? No entiendo nada. Recuerdo el cuchillo, recién clavado, frío y empapado de sangre.
-A veces no se si realmente hablo conmigo mismo… ¿Te has dado un golpe? – Rió – ¿Qué importa quién seas ahora mismo? ¿Qué más da si estas vivo o muerto? y ¿Por qué te lo preguntas si al preguntarlo ya es obvia la respuesta?
-Bueno, por una vez me lanzaré… ¿Cómo se que no podría cuestionármelo estando muerto?
-Empiezas a pensar como yo… Osea, como tú… ¡Da igual! – volvió a reír – ¡Sigue!
-Perfecto, puestos a planteamientos que escapan a la lógica del mundo, me vuelvo a preguntar… ¿Importa si estamos vivos o muertos mientras aun podamos plantearnoslo?
-Ah, por fin creo que puedo empezar a explayarme, ahora que te tengo donde quería
-Te tienes, querrás decir, según tu estúpida lógica
-Tú eres yo, estamos en el mismo limbo, ¿Qué más da?
-Eres repulsivo… pero venga, acaba ya
-Con calma… Empezaré por algunas palabras que oí en otro tiempo para introducirte.
¿Qué vida sería aquella en la nunca fuésemos a morir? ¿Y que muerte es está tan popular, de llegar a ella como si nunca se hubiese vivido?
Pese a tantas locuras, sigue habiendo un mundo ahí fuera, y nosotros estamos aquí porque no quisimos vivirlo, pese a que era todo cuanto teníamos. Y ahora este mundo al que podemos llamar vida esta poblado de muertos. Creen que poder controlar el mundo les da control sobre su vida, que por estar más cómodos van a poder disfrutarla más, que cuanto menos vivan, mas tiempo tendrán para seguir caminando muertos en vida. Ahí reside una gran parte de toda esta historia: Solo importa si podemos preguntarnos otro día más si aun seguimos vivos, y eso solo ocurre si decidimos seguir avanzando, seguir experimentando, probándonos a nosotros mismos y al mundo… vivir. Pero eso ya no funciona así. Se nos educa al nacer que debemos nuestra vida a otras solo porque depende de ellas al nacer. Pero tampoco podría nadie vivir sabiendo que abandonó a su hijo, algo paradójicamente egoísta, aun que asimilable y real. Pero luego esa deuda para con nuestros padres pasa a manos del estado, el cual te educará para que sobrevivas dentro de él y por el, consiguiendo que puedas trabajar por algo que te ha dado la vida, para que otras gentes puedan seguir viviendo en una especie de compromiso mutuo por la persistencia de todos nosotros. Pero ¿hasta que punto podemos considerar que seguimos vivos? ¿Qué es una persona que sigue respirando de forma asistida por una máquina? ¿Qué tiene de vivo un corazón que ya no puede agitarse ante la vida? ¿Cúal es el valor de la persistencia de una vida que no puede vivir?… ¿Qué es vivir? La gente no se lo planteará. Seguirán respirando sin poder pararse a oler el campo, seguirán corriendo por sus caminos sin pararse a disfrutarlo, y no harán más que dar vueltas concéntricas en paseos de venticuatro horas. Apenas sí tienen sueños; considerarán estar vivos, pero no sentirán ninguna diferencia ni tras la muerte. No la venerarán, porque sentirán que no han vivido. Así resulta la muerte ser algo tan malo para todos, algo que todos miran con horror, pero porque se sorprenden de que tienen una cosa de extremado valor que no saben que significa: la vida. La muerte solo está para darle todo el valor a la vida, para que podamos regocijarnos en todo lo que podemos ser y hacer. Solo esta ahí para que nos planteemos si merece la pena emplear nuestra vida en cada una de las banalidades que ahora nos parecen normales e imprescindibles, pero de las cuales temo nos arrepentiremos cuando la muerte se presente clara y ya sea tarde para viajar a esas montañas que solo podías atisbar levemente en el imperecedero horizonte. La muerte ya no es lo que tendría que ser para nosotros. Lo tomamos como un recordatorio del valor de conservar la existencia, en lugar de tomarlo como el recordatorio de que solo nos va a trascender a nosotros lo que hayamos hecho y vivido, y que la mejor muerte no es más que aquella en la que podemos sonreír mientras nos disipamos de la realidad, pensando en cuanto mereció todo aquello y sin más satisfacción que el deseo de querer volver a vivirla entera, sin más gloria que la de poder poner el punto final a tu propia existencia mientras conservas las ganas de aventurarte hacia todo cuanto aun desconocemos.

… y otras fábulas plenas de retórica

El recién llegado quedó impactado. No tenía ni idea de que estaba pasando, o de qué rara historia acababan de contarle… ¡Ni mucho menos de que significaba! Así que su única reacción posible fue abrir la boca y fruncir el ceño ante aquellas desconcertantes palabras salidas de la boca de un loco.

-Yo creo que tu estás más confundido que este forastero… – Empezó a hablar el otro hombre – ¿Pero de qué demonios le estás hablando? – Continuó espetándole al anterior narrador – Que el aun no entiende de nada – Finalizó entre dientes

La situación permaneció algo tensa durante un buen rato, en el que las feroces miradas que se arrojaban uno a otro fueron capaces de detener aquel momento un largo instante.

-No te asustes, muchacho. El viejo Joe lleva demasiado tiempo sin salir más allá de los muelles y las tabernas, cargando mercancías y descargando sus bolsillos en privar absenta. Así que no esperes que su mente vaya más allá de lo que puede dar de sí el delirium tremens. En cambio – Siguió tras una pausa – Si me prestas la atención necesaria, podrás llegar a sacar en claro que está pasando… ¡Y de una forma sencilla!

Me estremecí un poco. Ya no estaba seguro de nada, exceptuando que quería dormir con el estomago lleno… y no con la cabeza a rebosar de paradójicas preguntas.

-Supongo que no tengo más remedio que escuchar también tu historia…
-Empieza a acertar – Sonrió. – No hace demasiado tiempo, una mujer me habló de una leyenda de las tribus del Kalahari. Tenían la creencia, de que un licaón empezó a perseguir a un impala por la sabana, llamando la atención de sus ancestros, los cuales agonizaban en el desierto sin nada que beber ni comer. Uno de ellos, desfalleciendo, decidió perseguir a los animales con una piedra en la mano. Estuvieron corriendo los tres animales durante un buen tiempo, cada uno centrado en su presa. Todos menos el impala, que solo deseaba escapar. El licaón, asusto, decidió apartarse y aparentar darse por vencido, mientras el hombre seguía corriendo detrás del suculento impala, aferrado a un clavo ardiendo deseoso de que su sangre saciase su sed, y que tal rico manjar le permitiese aguantar otros cuantos días más sin  probar bocado.
Por desgracia para él, su agotamiento le impidió atrapar a su presa, la cual también cayó al rato fatigada, sintiendo haber escapado airosa de sus dos predadores. La noche fue cayendo, y el hombre volvió a recobrar el conocimiento de forma extraordinaria, el último aliento que da un cuerpo por intentar pervivir. Paralelamente, el impala se quedo comiendo unas raíces cercanas, despreocupado, mientras ignoraba que el licaón había estado rodeándole todo este tiempo, para aprovechar el primer descuido.
A todo esto, una suricata que se asomó a ver que ocurría ante tanto alboroto, presenció toda la escena. Preocupada por el inocente impala y por el mortecino humano, decidió guiar a este hacia el licaón. Este le siguió torpemente, hasta que vio de nuevo a los dos animales y se lanzó a por cualquier bocado. En aquel instante, el impala, siendo presa de dos hambrientos, no supo hacer nada del pánico. Pero el ser humano, consciente repentinamente de que el podía elegir cambiar esta forma de vivir siempre con el riesgo de la muerte por inanición, decidió optar por algo. Salvó al impala, y compartió con este y con la suricata al sabroso licaón. La suricata desapareció por miedo de tales compañías, pero el impala permaneció el resto de su vida pegado al ser humano que le protegía. Este tampoco se separaba de su impala. Ahora era como una especie de amigo, pero aun así no dejaba de ser un perfecto comodín para cuando llegasen vacas flacas y no quedasen animales que cazar… ¡Ya hasta podía empezar a planificar su vida!…

-No entiendo nada de que sentido tiene esta historia que me has contado…

-Bueno, bien… Para el hombre llegó obviamente el día en que tuvo que comerse a su amigo… y ese fue el motivo por el que todas las tribus rezan y piden perdón a estos animales, explicándoles que son necesarios para que sus familias sobrevivan, mientras les dan una muerte indolora con un poderoso veneno paralizante. Pero claro, el sentido de esta historia es el propio sentido de lo que quiero contarte… No existe la retorica, ni existen metáforas cerradas. Todo significado depende siempre de la parte que pongamos nuestra en el, y nada va a ser mas hermoso ni más gratificante para nadie más que para ti ser tu quien otorgue el valor que necesita a cada cosa para lograr extraer lo que representa y lo que desempeña en nuestra vida. Cada palabra adecuada y cada estímulo correcto llegará a una determinada profundidad del alma y se instalará para crear nuestra propia realidad, y deberemos ser conscientes de ella, al obrar y al judgar… para bien y para mal.

Regreso a la nueva realidad de la vieja ciudad

La luz fue cayendo lentamente sobre el horizonte. Eran los últimos minutos precedentes al crepúsculo, y las llamas del sol que acariciaba las montañas comenzaban a propagarse irradiando cada hoja y cada flor que me rodeaba, iluminando los bordes de todas las formas que se mostraban en aquel paisaje con un tono anaranjado que hacia hervir mi sangre, ofreciendo la última ración de calor antes de que llegase la fría noche.
El momento estaba próximo a llegar. Lo sabía. No quería pensarlo pero aun así rondaba mi mente. Decidí encender un cigarrillo, de alguna forma intentando hacer eterno ese momento, de disfrutarlo y apurarlo, de detener el tiempo.

Me senté mientras daba la primera calada. Cerré los ojos, y eche el humo mientras los volvía a abrir. Las últimas luces volvieron a atravesarme, desde la inmensa lejanía del horizonte. Me hizo gracia pensar que en algún momento de aquel largo camino, el horizonte que veía no era si no el lugar en el que me siento ahora. Toda esa infinitud siempre acababa por ser probada como insuficiente para las ganas de caminar que había podido mantener y desarrollar cuanto más andaba.
Dí otra calada. El humo que entraba en mis pulmones aun seguía sin ser tan cálido como las ígneas voluptuosidades que emanaban de nuestra estrella, de aquellas llamas que poblaban mis sentidos y que guiaban cada uno de mis pasos, el fuego que incitaba a seguir viviendo todas aquellas aventuras, de seguir corriendo de este a oeste por la mera sensualidad de lo desconocido, lo salvaje e inexplorado.
Volví a fumar, esta vez con la ayuda de una ráfaga de aire que avivó el fuego del cigarrillo mientras me recorría arrastrando mi pelo e inundándome de un escalofrío desalentador. No siempre todos los caminos llevaban por buena senda, pero en eso consiste poder elegir; nunca hay un obstáculo ineludible, y a mal a mal siempre se puede dar media vuelta hasta encontrar otra vez la dirección que no escogimos. Aun así, eso es solo teoría… un supuesto, vaya. En la realidad que me he topado, nunca ha habido un solo sendero que pese a mostrar inconveniencias no haya podido continuar. Cruzar ríos bajos no es problema siempre que no temas acabar empapado, y en caso de otros más agresivos, siempre se puede rodear o encontrar un vado.
Intente volver a aspirar de aquel veneno, pero el viento ya lo había reclamado para él mientras que yo meditaba y el último rayo de luz desaparecía. Perdido en baratas reflexiones superfluas había vuelto a dejar escapar aquel momento que me arrebataba una vez más la flecha del tiempo que se clavaba en mi espalda, cambiando de nuevo el lugar, la situación, el mismo instante en el que me hubiera instalado más tiempo para vivirlo con más calma, o de mil otra formas distintas. Bien podría haberlo detenido como justamente ahora, bien podría haber llegado a pensar en algo relevante para mi, o bien podrían haber ocurrido mil otras cosas. Pero no, como una vez más, la vida solo nos arroja momentos vacíos en profundos instantes que podrían haber cobrado más sentido en nuestra vida. Pero por suerte, eso es algo que solo depende de nosotros, independientemente de lo demás. Bien podría haberme acariciado el viento o aquella chica que perdí en el camino, pero aun así eso no hubiera significado más para mi que lo que yo hubiese deseado.

El tiempo volvió a reanudarse. Arrojó la colilla a la urinosa acera mientras se daba media vuelta para hacerse desaparecer por una estrecha callejuela que ahora se encontraba a su espalda. Las calles estaban pavimentadas con grandes e irregulares piedras sin pulir, mientras la niebla empapaba y desgastaba aun más las grietas de las vías de la ciudad. Un amarillo y polvoriento candil oscurecía la ya tenue visión que había en un ensanche de la irregular callejuela, custodiando una taberna fácilmente reconocible a la legua por el olor a manteca frita que despedía de cada fisura que daba la bienvenida al frío dentro del lugar. Cansado, y buscando el primer lugar factible para pernoctar, se lanzó sin meditar a abrir la puerta de aquel tugurio para ver si podría servirle.

Era un lugar bastante mejor de lo que aparentaba. Tenía dos salas comunicadas abiertamente. Una de ellas sería la encargada de hacer de fonda, y la otra no hacía más que comunicar con unas escaleras que subían a lo que él esperaba encontrar como una posada, con algún lugar donde dormir. Pero aun no, primero debería acallar a ese estomago que no paraba de morderle por dentro de la necesidad de comer que tenía.
Fue a sentarse en la barra donde esperaba poder encontrar a alguien a quien pedir cualquier cosa que llenase su necesidad de alimento. No había nadie al otro lado, y lo que parecía una cocina también lucía desierta. Solo había un par de personas a las que no se les veía el rostro contando historias. Se quedó un rato esperando a que apareciese alguien, pero no ocurrió. Sin darse cuenta, mientras estaba pensando en su comida, se dio cuenta de que uno de los hombres se había girado y le estaba hablando.

-Pareces nuevo por aquí, ¿me equivoco? – Dijo lacónicamente – Te contaremos un par de historias, puede que hagas bien en oírlas.