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Breve relato, extensa metáfora. Parte 3

Acto final. No puedo empezar por donde acabó la última parte de este relato si quiero poder continuarlo. Para llegar ahí, antes he de explicar una cadena de causalidades que me llevaron ante tal situación, la cual es bastante grande. Sinceramente, aun no conozco cual es el origen de estas, ya que de por si me tendré que remontar a un mínimo de dieciséis años.
Anteriormente, ya hice un inciso para aclarar el sentimiento de alienación con respecto a mi vida hasta el punto en que empezó este relato, en referencia a las elecciones. No esas que ocurren cada cuatro años, hablo de elecciones significativas que podemos hacer en nuestra vida, las cuales van a hacer que dependa el resto del camino de ellas. Mentí. No toda mi vida ha estado condicionada por algo que no pude decidir… De hecho, las escasas que pude tomar me llevaron a esta situación. Sin enrollarme más, las contaré de pasada mientras mentalmente me sigo sorprendiendo de las probabilidades que tenía de acabar en aquel punto de mi vida que tanto aprecio.

Todo comenzó con el tipo de decisiones que podían corresponderme. En aquel momento, yo era un niño de apenas seis años, sin más ocupación que descubrir el mundo en mis ratos libres e ir a las clases de la recién comenzada primaria. Yo disfrutaba auténticamente ese mundillo, en un colegio maravilloso donde lo que premiaba era claramente que los niños fuesen niños. En general todo era maravilloso, salvo una profesora que por suerte o por desgracia me toco sufrir medio año. Y digo medio año, porque ahí mismo empece a revelarme en contra de seguir así. No sabía tampoco muy bien por qué lo hice, y sigo sin saberlo. Tampoco era para tanto aquella profesora… pero yo no quería seguir ahí y así. Así que después de tanto molestar, conseguí que mis padres me llevasen al colegio público de mi zona (claro, yo no era tonto por aquella época tampoco, y supe manipular de cierta forma a mis padres comentándoles todos los puntos a favor del cambio). El caso es que lo logré. Pase cuatro años maravillosos en aquel nuevo centro, con nuevos amigos y enemigos (claro, como no), profesores maravillosos. Risas, llantos; días buenos y malos, pero con todo con una sonrisa incomprensible. Empecé a fijarme en chicas e hicimos muchas locuras por ellas. En especial, hubo una de la que no me olvidé en buen tiempo. A los dos años de estar allí, ella se marchó a otro colegio. Nunca la olvidaría, pese a que no fuese más que una tontería de la infancia. Al llegar a la ESO y terminar el primer año, volví a encontrarla. Ya tenía algo más de edad como para entender algo, y entendí que la quería y que quería estar en cierto modo con ella. Así que, una vez más enmascarando mis motivos, guerreé todo un verano a mis padres para conseguir cambiarme de colegio, solo por verla cada día. Fue mi motivo durante ese año, aun que una vez logrado mi propósito me encontré con que no fue más que un capricho mio, una estupidez pasajera que se pasó cuando empecé a darme cuenta de que no guardaba nada interesante para mí, de que ya había conocido suficiente. En definitiva, no le dí mayor importancia, pese a que fuese mi primer beso, las primeras manos que sujetaban las mías con la firmeza de algún tipo de atracción. Pasaron un par de años más, y yo ya estaba a punto de terminar la ESO, un año previo al verano de este relato. Ese verano anterior me pelee con los que en aquel momento eran mis amigos de todos los días. Quería sentir la adrenalina de la vida, correr por cualquier motivo, las primeras cervezas y las personas que después de siete años no han dejado de demostrarme la importancia y el valor de nuestra amistad. El haber cambiado de aires fue una más en la cadena de decisiones que me llevaron a tal situación.

Entre mi nuevo circulo de amistades, se desplegaba un sin fin de gente, amigos de los amigos, antiguos compañeros surgidos de las multiples amistades y cambios de colegio de aquellas personas, por lo que de un año a otro pasamos a conocernos prácticamente toda la generación que vivía al oeste de Madrid. Una de esas personas, a la que aun llevo dentro de mi, me habló un día de una amiga suya. Yo no presté mucha atención, sería una conocida más. Pero un día de verano, me volvió a insistir. Me dio su “messenger”, aquel sistema que por entonces usábamos miles de adolescentes para quedar y pasar las horas muertas hablando. Pasó todo el verano, y a mi vuelta a casa, abrí dicho sistema de mensajería para verme con algún amigo ese último fin de semana, enterarme de quienes estarían en mi clase de bachillerato, etc… Pero era de noche, y estarían ya todos en la calle o alejados del ordenador por orden de sus padres. En cambio, me surgió una conversación de alguien que no conocía. No tenía ni la remota idea de tenerla en mi lista de contactos, al igual que ella no sabía quien era yo… Así que comenzó a hablarme para mirar de enterarse quien era esa extraña persona que se había conectado espontaneamente. “Karol?” Preguntó. “No, yo no soy Karol..” y mientras escribía, caí en que era la persona de quien me había hablado aquel amigo. No sabría ni explicar como, simplemente me llamó muchísimo la atención. Su actitud, su manera de hablar y pensar, por no decir la extravagante vida que llevaba, en contraposición a lo que la vista y mi gente del extrarradio me tenían acostumbrado. Y más en aquel momento, después de ese verano que me había despegado de aquella burbuja en la que me había visto sumergido sin darme cuenta durante todos esos largos años. No sabría por qué, pero resultó ser su cumpleaños aquel fin de semana, y me invitó.

No olvidaré nunca la primera vez que la vi, andando por una céntrica calle de Madrid, con su hermano pequeño en brazos. Fue una sensación extraña. Yo no creía en el amor a primera vista, y por muy fuerte que fuesen mis emociones, no me dejaba guiar por ellas sin antes dejar a la lógica un concienzudo análisis, a conocer realmente a una persona antes de embarcarme en algo que me hiriese como ya me habría ocurrido una vez. Pero aun así, no pude ni aguardar unas horas hasta que aquellas emociones me dominasen. Había algo en esa persona, y yo lo sabía. No fue una intuición de tantas, fue mucho más, como aun sigo siendo prueba de ello.

Encontrar a la persona que invadiría cada sueño y pesadilla, cada día y noche, cada uno de mis pensamientos, ideas y objetivos. La persona que ha marcado una pauta a mi vida a través del sentido que yo le he dado por ella. Después de tanto tiempo y pese a las inclemencias de mi más alocada historia (la cual comenzó al acabar ese verano) sigo día tras día encontrando nuevas ilusiones por ella. He construido mis elecciones por ella, y aun que no sea el ideal que muchas veces contemplo, ha sido la persona que me ha hecho entender mis días y dar una razón a los que me quedan, pase lo que pase.   Y aun que nada de esos sueños y planes que ideábamos juntos puedan tener ya algún tipo de cabida en nuestras vidas, la entrega incondicional al amor que me descubrió, no la cambiaría por nada. Me hizo entender, que aun sin necesidad de buscar una razón o un por qué, no había ningún motivo más lleno de sentido en esta vida que el poder amar a alguien todos los días y entregar tu vida a la suya en una complicidad inquebrantable, al no dejar de descubrirte en esta vida llena de majestuosidades para nuestra contemplación.

Breve relato, extensa metáfora. Parte 2

No me arrepentía de todo aquel tiempo, pero lo vi como algo ajeno a mi, algo que no me había pertenecido realmente pese a que fuese mi pasado, el todo que me había configurado hasta este momento.

Conocí cientos, miles de personas que formaron parte de mi aventura. Todos ellos, quedarán por siempre en mi memoria, aunque de algunos ya ni recuerde su nombre, ni su cara. Recuerdo un chaval bien vestido que fue mi compañía toda una noche en una estación de autobús, o al punki viejuno que me contó tantas historias mientras furtivamente engañábamos evadiendo a los revisores del tren, de cómo una vez nos pillaron, y del largo camino andando.

En aquellos momentos, tampoco me importaba mucho por dónde o a dónde iría. Solo me importaba descubrir caminos y hacerlos todos míos. Cada espiga clavada, cada grano de arena que posiblemente aún me acompañe en alguna esquina de mi corazón. Cada rayo de sol que se impregnó en mi piel y que desde entonces me acompaña… Marcas de heridas y sonrisas, de días interminables y noches que deseé que jamás terminasen. Tres meses en un sin fin de viajes que aun siento grabados. Algo que en aquel momento no pude quitarme de la cabeza.

Y el verano se agotaba, eran mis últimos tres días de libertad… Lo gracioso, es que en ese momento no imaginé que esos últimos alientos del verano iban a significar aun más que todo eso. Iba a encontrar el sentido a miles de días venideros.

Breve relato, extensa metáfora. Parte 1

Esta corta historia que voy a contar ocurrió hace unos cuantos años. Empezaré por situaros.

El verano más hermoso y triste de mi vida estaba llegando a su fin, solo restaba un último fin de semana antes de volver a la rutina de las clases. Me dolía ese fin, más todavía que algunas penurias que tuve que atravesar. Yo quería que aquel verano nunca terminase. Había acabado la ESO, como todos los años, bajo la atenta y estricta mirada familiar que ya venía siendo desafiada por mi desde hace un tiempo. Aun así, después de ir arrastrando las obligaciones al vertiginoso vórtice del abismo de la desidia para conseguir exprimir al máximo lo que yo consideraba un tiempo irrecuperable, había conseguido permanecer al límite de dicha rutina pero sin caer en ella. Y ahora era libre.

No voy a negarlo, los problemas en mi casa abundaban más que la contaminación en Madrid. Y yo, de por sí al ser esta mi naturaleza, y aun más por la edad, no contribuía en su suavizado, si no más bien en su agravio. No es que yo pretendiera el mal, pero no comprendía nada de lo que repentinamente se me había avecinado.
Así que una vez más, me lleve por mi instinto más felino, más salvaje y desbocado: No había mañana, solo existía el momento. Y el momento, era ahora. Solo quería forjar mi vida, y considerarla solo fruto de mis elecciones… ¡Suficiente había sufrido ya esos 16 años, siempre condicionando mi camino al designio de los demás!

Quise viajar. Mis padres se pensaron que simplemente me había escapado de casa a la de un amigo. Algo cercano, vaya, aliviando así su mente sobreprotectora. Nada más alejado de la realidad. Recorrí las tierras de España, camine descalzo tanto por la costa oceánica como la interior; las montañas de la meseta; los cañones, ríos y manantiales de la mitad sur, los desiertos de Almería, las playas de Cádiz, y toda una gama de colores amarillos que imitaban la energía del sol… Visité los valles de una tierra poblada por la bruma y la niebla, lugares donde el verde esperanza poblaba cada rincón de mi vista, desde Roncesvalles hasta el llamado Fin del Mundo. Me alimenté de zarzas o de lo que la amable gente que iba conociendo me ofrecía, probé y distinguí el pan de cada pueblo. Creo que aun conservo en algún lugar de mi memoria todos aquellos olores y sabores. Nada más reconfortante que reconocer la diferencia en la flora, sin saber de botánica, meramente por la fragancia que despertaba cada mañana con el rocío, a expensas de los primeros rayos.

Había escuchado miles de formas distintas de entonar el castellano, desde los melódicos cantos gallegos a las sutiles y suaves voces de la costa mediterránea, donde el sol sureño amainaba la fluidez de estas palabras, como dejando que el sonido del mar se entremezclase en las conversaciones haciéndolas aun más amenas.

Había forjado más mi ser en tres meses de cuanto lo había hecho en todo ese tiempo que ahora consideraba perdido….