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Muertos – Capítulo 34

Muertos

– A estas alturas te habrá quedado ya bien claro por donde van los tiros, ¿no? – inquirió
– Siento defraudarte – Contesté – pero…
-Vamos, hombre – me interrumpió – con todo esto que has vivido… ¿Y sigues sin entender nada?
-Claramente es difícil o imposible que capte el sentido que tiene para ti tanta metáfora en un mundo surrealista.
-Bueno, la metáfora te va a sugerir cualquier cosa, parte condicionada por como eres, y otra parte pautada por las palabras que use
-Entonces ¿Qué pretendes que entienda?
-No tienes que entender otra cosa más que no hayas dicho, la realidad no existe como algo único, solo las interpretaciones que hacemos.
-Genial, pero entonces ¿Cómo pretendes que entienda algo? Si solo va a depender de mi darle un significado… ¿Qué papel tienen todas esas cosas que se me muestran confusas, si no me van a hacer comprender nada nuevo a lo que no este ya predispuesto?
-¿Sigue sin ser obvio? – Ahora me miró con una paciencia en detrimento – El único papel que van a desempeñar, es el de conocerte a ti mismo… Es la oportunidad de comprender porque elegimos un determinado camino, nunca para conocer ni el camino ni el destino.
-Inútil, pues. No me serviría de mucho darme cuenta de porque acabé muerto si ya lo estoy y no puedo cambiarlo
-No, pero a lo mejor no lo estarías si te hubieses conocido, si hubieses sabido de que instintos no podías fiarte, o si simplemente supieses cuales son todas esas suposiciones erróneas instaladas en tu cabeza que te llevaron constantemente de puntillas por los acantilados.
-Pff te estas ofuscando, me parece – dije desquiciado – No se que importancia tiene si ya estoy muerto.
-Es cierto, lo estás… Pero por un momento olvida todas las reglas del ego. Piensa que yo soy tú hablando desde fuera, y que tú, el muerto, soy yo.
-Entonces… ¿yo no estoy muerto? No entiendo nada. Recuerdo el cuchillo, recién clavado, frío y empapado de sangre.
-A veces no se si realmente hablo conmigo mismo… ¿Te has dado un golpe? – Rió – ¿Qué importa quién seas ahora mismo? ¿Qué más da si estas vivo o muerto? y ¿Por qué te lo preguntas si al preguntarlo ya es obvia la respuesta?
-Bueno, por una vez me lanzaré… ¿Cómo se que no podría cuestionármelo estando muerto?
-Empiezas a pensar como yo… Osea, como tú… ¡Da igual! – volvió a reír – ¡Sigue!
-Perfecto, puestos a planteamientos que escapan a la lógica del mundo, me vuelvo a preguntar… ¿Importa si estamos vivos o muertos mientras aun podamos plantearnoslo?
-Ah, por fin creo que puedo empezar a explayarme, ahora que te tengo donde quería
-Te tienes, querrás decir, según tu estúpida lógica
-Tú eres yo, estamos en el mismo limbo, ¿Qué más da?
-Eres repulsivo… pero venga, acaba ya
-Con calma… Empezaré por algunas palabras que oí en otro tiempo para introducirte.
¿Qué vida sería aquella en la nunca fuésemos a morir? ¿Y que muerte es está tan popular, de llegar a ella como si nunca se hubiese vivido?
Pese a tantas locuras, sigue habiendo un mundo ahí fuera, y nosotros estamos aquí porque no quisimos vivirlo, pese a que era todo cuanto teníamos. Y ahora este mundo al que podemos llamar vida esta poblado de muertos. Creen que poder controlar el mundo les da control sobre su vida, que por estar más cómodos van a poder disfrutarla más, que cuanto menos vivan, mas tiempo tendrán para seguir caminando muertos en vida. Ahí reside una gran parte de toda esta historia: Solo importa si podemos preguntarnos otro día más si aun seguimos vivos, y eso solo ocurre si decidimos seguir avanzando, seguir experimentando, probándonos a nosotros mismos y al mundo… vivir. Pero eso ya no funciona así. Se nos educa al nacer que debemos nuestra vida a otras solo porque depende de ellas al nacer. Pero tampoco podría nadie vivir sabiendo que abandonó a su hijo, algo paradójicamente egoísta, aun que asimilable y real. Pero luego esa deuda para con nuestros padres pasa a manos del estado, el cual te educará para que sobrevivas dentro de él y por el, consiguiendo que puedas trabajar por algo que te ha dado la vida, para que otras gentes puedan seguir viviendo en una especie de compromiso mutuo por la persistencia de todos nosotros. Pero ¿hasta que punto podemos considerar que seguimos vivos? ¿Qué es una persona que sigue respirando de forma asistida por una máquina? ¿Qué tiene de vivo un corazón que ya no puede agitarse ante la vida? ¿Cúal es el valor de la persistencia de una vida que no puede vivir?… ¿Qué es vivir? La gente no se lo planteará. Seguirán respirando sin poder pararse a oler el campo, seguirán corriendo por sus caminos sin pararse a disfrutarlo, y no harán más que dar vueltas concéntricas en paseos de venticuatro horas. Apenas sí tienen sueños; considerarán estar vivos, pero no sentirán ninguna diferencia ni tras la muerte. No la venerarán, porque sentirán que no han vivido. Así resulta la muerte ser algo tan malo para todos, algo que todos miran con horror, pero porque se sorprenden de que tienen una cosa de extremado valor que no saben que significa: la vida. La muerte solo está para darle todo el valor a la vida, para que podamos regocijarnos en todo lo que podemos ser y hacer. Solo esta ahí para que nos planteemos si merece la pena emplear nuestra vida en cada una de las banalidades que ahora nos parecen normales e imprescindibles, pero de las cuales temo nos arrepentiremos cuando la muerte se presente clara y ya sea tarde para viajar a esas montañas que solo podías atisbar levemente en el imperecedero horizonte. La muerte ya no es lo que tendría que ser para nosotros. Lo tomamos como un recordatorio del valor de conservar la existencia, en lugar de tomarlo como el recordatorio de que solo nos va a trascender a nosotros lo que hayamos hecho y vivido, y que la mejor muerte no es más que aquella en la que podemos sonreír mientras nos disipamos de la realidad, pensando en cuanto mereció todo aquello y sin más satisfacción que el deseo de querer volver a vivirla entera, sin más gloria que la de poder poner el punto final a tu propia existencia mientras conservas las ganas de aventurarte hacia todo cuanto aun desconocemos.

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… y otras fábulas plenas de retórica

El recién llegado quedó impactado. No tenía ni idea de que estaba pasando, o de qué rara historia acababan de contarle… ¡Ni mucho menos de que significaba! Así que su única reacción posible fue abrir la boca y fruncir el ceño ante aquellas desconcertantes palabras salidas de la boca de un loco.

-Yo creo que tu estás más confundido que este forastero… – Empezó a hablar el otro hombre – ¿Pero de qué demonios le estás hablando? – Continuó espetándole al anterior narrador – Que el aun no entiende de nada – Finalizó entre dientes

La situación permaneció algo tensa durante un buen rato, en el que las feroces miradas que se arrojaban uno a otro fueron capaces de detener aquel momento un largo instante.

-No te asustes, muchacho. El viejo Joe lleva demasiado tiempo sin salir más allá de los muelles y las tabernas, cargando mercancías y descargando sus bolsillos en privar absenta. Así que no esperes que su mente vaya más allá de lo que puede dar de sí el delirium tremens. En cambio – Siguió tras una pausa – Si me prestas la atención necesaria, podrás llegar a sacar en claro que está pasando… ¡Y de una forma sencilla!

Me estremecí un poco. Ya no estaba seguro de nada, exceptuando que quería dormir con el estomago lleno… y no con la cabeza a rebosar de paradójicas preguntas.

-Supongo que no tengo más remedio que escuchar también tu historia…
-Empieza a acertar – Sonrió. – No hace demasiado tiempo, una mujer me habló de una leyenda de las tribus del Kalahari. Tenían la creencia, de que un licaón empezó a perseguir a un impala por la sabana, llamando la atención de sus ancestros, los cuales agonizaban en el desierto sin nada que beber ni comer. Uno de ellos, desfalleciendo, decidió perseguir a los animales con una piedra en la mano. Estuvieron corriendo los tres animales durante un buen tiempo, cada uno centrado en su presa. Todos menos el impala, que solo deseaba escapar. El licaón, asusto, decidió apartarse y aparentar darse por vencido, mientras el hombre seguía corriendo detrás del suculento impala, aferrado a un clavo ardiendo deseoso de que su sangre saciase su sed, y que tal rico manjar le permitiese aguantar otros cuantos días más sin  probar bocado.
Por desgracia para él, su agotamiento le impidió atrapar a su presa, la cual también cayó al rato fatigada, sintiendo haber escapado airosa de sus dos predadores. La noche fue cayendo, y el hombre volvió a recobrar el conocimiento de forma extraordinaria, el último aliento que da un cuerpo por intentar pervivir. Paralelamente, el impala se quedo comiendo unas raíces cercanas, despreocupado, mientras ignoraba que el licaón había estado rodeándole todo este tiempo, para aprovechar el primer descuido.
A todo esto, una suricata que se asomó a ver que ocurría ante tanto alboroto, presenció toda la escena. Preocupada por el inocente impala y por el mortecino humano, decidió guiar a este hacia el licaón. Este le siguió torpemente, hasta que vio de nuevo a los dos animales y se lanzó a por cualquier bocado. En aquel instante, el impala, siendo presa de dos hambrientos, no supo hacer nada del pánico. Pero el ser humano, consciente repentinamente de que el podía elegir cambiar esta forma de vivir siempre con el riesgo de la muerte por inanición, decidió optar por algo. Salvó al impala, y compartió con este y con la suricata al sabroso licaón. La suricata desapareció por miedo de tales compañías, pero el impala permaneció el resto de su vida pegado al ser humano que le protegía. Este tampoco se separaba de su impala. Ahora era como una especie de amigo, pero aun así no dejaba de ser un perfecto comodín para cuando llegasen vacas flacas y no quedasen animales que cazar… ¡Ya hasta podía empezar a planificar su vida!…

-No entiendo nada de que sentido tiene esta historia que me has contado…

-Bueno, bien… Para el hombre llegó obviamente el día en que tuvo que comerse a su amigo… y ese fue el motivo por el que todas las tribus rezan y piden perdón a estos animales, explicándoles que son necesarios para que sus familias sobrevivan, mientras les dan una muerte indolora con un poderoso veneno paralizante. Pero claro, el sentido de esta historia es el propio sentido de lo que quiero contarte… No existe la retorica, ni existen metáforas cerradas. Todo significado depende siempre de la parte que pongamos nuestra en el, y nada va a ser mas hermoso ni más gratificante para nadie más que para ti ser tu quien otorgue el valor que necesita a cada cosa para lograr extraer lo que representa y lo que desempeña en nuestra vida. Cada palabra adecuada y cada estímulo correcto llegará a una determinada profundidad del alma y se instalará para crear nuestra propia realidad, y deberemos ser conscientes de ella, al obrar y al judgar… para bien y para mal.

Regreso a la nueva realidad de la vieja ciudad

La luz fue cayendo lentamente sobre el horizonte. Eran los últimos minutos precedentes al crepúsculo, y las llamas del sol que acariciaba las montañas comenzaban a propagarse irradiando cada hoja y cada flor que me rodeaba, iluminando los bordes de todas las formas que se mostraban en aquel paisaje con un tono anaranjado que hacia hervir mi sangre, ofreciendo la última ración de calor antes de que llegase la fría noche.
El momento estaba próximo a llegar. Lo sabía. No quería pensarlo pero aun así rondaba mi mente. Decidí encender un cigarrillo, de alguna forma intentando hacer eterno ese momento, de disfrutarlo y apurarlo, de detener el tiempo.

Me senté mientras daba la primera calada. Cerré los ojos, y eche el humo mientras los volvía a abrir. Las últimas luces volvieron a atravesarme, desde la inmensa lejanía del horizonte. Me hizo gracia pensar que en algún momento de aquel largo camino, el horizonte que veía no era si no el lugar en el que me siento ahora. Toda esa infinitud siempre acababa por ser probada como insuficiente para las ganas de caminar que había podido mantener y desarrollar cuanto más andaba.
Dí otra calada. El humo que entraba en mis pulmones aun seguía sin ser tan cálido como las ígneas voluptuosidades que emanaban de nuestra estrella, de aquellas llamas que poblaban mis sentidos y que guiaban cada uno de mis pasos, el fuego que incitaba a seguir viviendo todas aquellas aventuras, de seguir corriendo de este a oeste por la mera sensualidad de lo desconocido, lo salvaje e inexplorado.
Volví a fumar, esta vez con la ayuda de una ráfaga de aire que avivó el fuego del cigarrillo mientras me recorría arrastrando mi pelo e inundándome de un escalofrío desalentador. No siempre todos los caminos llevaban por buena senda, pero en eso consiste poder elegir; nunca hay un obstáculo ineludible, y a mal a mal siempre se puede dar media vuelta hasta encontrar otra vez la dirección que no escogimos. Aun así, eso es solo teoría… un supuesto, vaya. En la realidad que me he topado, nunca ha habido un solo sendero que pese a mostrar inconveniencias no haya podido continuar. Cruzar ríos bajos no es problema siempre que no temas acabar empapado, y en caso de otros más agresivos, siempre se puede rodear o encontrar un vado.
Intente volver a aspirar de aquel veneno, pero el viento ya lo había reclamado para él mientras que yo meditaba y el último rayo de luz desaparecía. Perdido en baratas reflexiones superfluas había vuelto a dejar escapar aquel momento que me arrebataba una vez más la flecha del tiempo que se clavaba en mi espalda, cambiando de nuevo el lugar, la situación, el mismo instante en el que me hubiera instalado más tiempo para vivirlo con más calma, o de mil otra formas distintas. Bien podría haberlo detenido como justamente ahora, bien podría haber llegado a pensar en algo relevante para mi, o bien podrían haber ocurrido mil otras cosas. Pero no, como una vez más, la vida solo nos arroja momentos vacíos en profundos instantes que podrían haber cobrado más sentido en nuestra vida. Pero por suerte, eso es algo que solo depende de nosotros, independientemente de lo demás. Bien podría haberme acariciado el viento o aquella chica que perdí en el camino, pero aun así eso no hubiera significado más para mi que lo que yo hubiese deseado.

El tiempo volvió a reanudarse. Arrojó la colilla a la urinosa acera mientras se daba media vuelta para hacerse desaparecer por una estrecha callejuela que ahora se encontraba a su espalda. Las calles estaban pavimentadas con grandes e irregulares piedras sin pulir, mientras la niebla empapaba y desgastaba aun más las grietas de las vías de la ciudad. Un amarillo y polvoriento candil oscurecía la ya tenue visión que había en un ensanche de la irregular callejuela, custodiando una taberna fácilmente reconocible a la legua por el olor a manteca frita que despedía de cada fisura que daba la bienvenida al frío dentro del lugar. Cansado, y buscando el primer lugar factible para pernoctar, se lanzó sin meditar a abrir la puerta de aquel tugurio para ver si podría servirle.

Era un lugar bastante mejor de lo que aparentaba. Tenía dos salas comunicadas abiertamente. Una de ellas sería la encargada de hacer de fonda, y la otra no hacía más que comunicar con unas escaleras que subían a lo que él esperaba encontrar como una posada, con algún lugar donde dormir. Pero aun no, primero debería acallar a ese estomago que no paraba de morderle por dentro de la necesidad de comer que tenía.
Fue a sentarse en la barra donde esperaba poder encontrar a alguien a quien pedir cualquier cosa que llenase su necesidad de alimento. No había nadie al otro lado, y lo que parecía una cocina también lucía desierta. Solo había un par de personas a las que no se les veía el rostro contando historias. Se quedó un rato esperando a que apareciese alguien, pero no ocurrió. Sin darse cuenta, mientras estaba pensando en su comida, se dio cuenta de que uno de los hombres se había girado y le estaba hablando.

-Pareces nuevo por aquí, ¿me equivoco? – Dijo lacónicamente – Te contaremos un par de historias, puede que hagas bien en oírlas.

Cuando solo durmiendo se despierta del sueño

Después de aquel duro día, no había tenido más intención que la de caer a la cama y esperar al amanecer. La intensidad de las emociones no le dejaban dormir, había visto mucho, y tenia muchas preguntas para su cabeza, demasiados datos que analizar, demasiados sentimientos agolpados que descifrar y encauzar. Continuó dando vueltas durante un tiempo infinito, hasta que sin darse ni cuenta, volvió a despertar. Había conseguido dormir unas horas, prueba de ello ese sobresalto primero que recorre al cuerpo al despertar. Una puerta se acababa de cerrar, haciendo el ruido necesario para despertarle. Alzó los ojos, sin llegar a creer lo que veía…. ¡Estaba ahí!. Se dispuso a levantarse corriendo, pero antes de siquiera poner un pie en el suelo, ella le empujo con un beso de vuelta a la cama, abrazándole con toda su fuerza.

No supo que hacer. No podía evitar que las lagrimas inundasen su mejilla mientras se filtraban por el largo pelo de la chica que le cubría la cara. No dijeron una palabra, solo se quedaron abrazados, inmóviles, hasta que el sueño volvió a llevárselos.

Despertó a su lado, mientras ella seguía dormida, aun apretándole con fuerza hacia si. Él se levantó con cuidado para no despertarla, mientras que paraba a mirar a su alrededor. Era raro, pero estaban en otro lugar. ¿Habrían estado durmiendo en su habitación, o aquí? A simple vista, no era más que un rellano dando a un ático, el último piso de un edificio bastante grande, unido a unas escaleras y lo que parecía una sala de mantenimiento. ¿Cómo había llegado ahí? Ni idea… pero estaban juntos. Volvió a acurrucarse a su lado, y la despertó a propósito y de forma disimulada.

-Nena… ¿Tienes idea de dónde estamos?

Abrió ligeramente un ojo, gruñó algo y cerró los ojos otra vez. Él volvió a intentar despertarla con un poco más de ganas.

-¡Eh! ¡Mira dónde estamos! –  Dijo súbitamente al despertar de golpe. – ¿Te acuerdas de esto?

Algo le venia a la memoria… Pero no sabía de que.

-Veras, este era mi refugio de los sueños. Aquí es donde me encontraba cada noche contigo – Continuó ella.

-No me siento como parte de tu sueño, estoy consciente dentro de el… – meditó con desconcierto -¿Cómo es posible qué…?

Ella le silenció con un beso, y se acerco a su oído para susurrarle

-Te he dejado entrar aquí, por que es un sitio muy especial para mi, al igual que lo eres tu. Aquí he pasado los días y las noches cuando no podíamos estar juntos. Esta es la realidad en la que he estado amándote tanto tiempo, y para mí no había otra más que ésta en la que podíamos vernos, oírnos, tocarnos… y pasar todo ese tiempo que nos pertenecía.

El lugar sobre el que nos encontrábamos comenzó a resquebrajarse, inundado por una luz que lo fue envolviendo todo. Las escaleras se separaban, los muros se agrietaban, y lo único que empezaba a quedar en pie era el azulejo sobre el que estábamos sentados. En un abrir y cerrar de ojos, este se había transformado en una barca, mientras que la luz iba dejando paso a un color celeste, sobre el que se empezaron a dibujar nubes, unas laderas de un ancho y bajo río sobre el que ahora flotábamos con una repentina serenidad que desconcertaba.

***

-¿Q… Qué ha pasado? – Preguntó el muchacho desorientado – ¿Has hecho tú esto?

-No pasa nada, relájate – Le calmó ella – Ahora estamos navegando en lo más profundo de mi mente, no te asustes, aquí nada puede hacernos daño. Cada día que pasaba sin hacer otra cosa que anhelar estar contigo, lo dedicaba a construir e imaginar este sitio. Un refugio apartado de todo aquello que no me importaba en esta vida para vivir de alguna forma todo lo que deseaba. ¡No podía permitir, ni mucho menos, que sentimientos y emociones que me colmaban a cada momento se perdiesen en la banalidad de un día a día que solo asfixiaba mis ganas de poder elegir mi vida! Así que idea a idea, y con mucha paciencia, he llegado a conseguir este infinito y eterno lugar, donde no hay cabida a nada más allá del amor…

– Vaya… – murmuró el chico mientras sangraba una lágrima – ¡Es magnífico!… Pero ¿como he llegado aquí?

Capitulo 33

Permaneció durante ese instante como el hielo, su mente solo centrada en engañarse a si misma, porque esta ya había racionalizado todas las salidas posibles… Y sabía que eso no le agradaría en nada a la propia persona. Sabía perfectamente a lo que sus manos se aferraban. -Que curioso, su mente evitaba que aquello pasase por su cabeza, pero inconscientemente le hablaba de ello… ¿Por qué “aferrarse”? ¿No podía pensar en “sostener”, “agarrar”, “sujetar”…? ¡Cualquier otra palabra! –

Pero no. Él sabía lo que sabía, pero su mente no se lo mostraba todo, algunas cosas las mantenía envainadas. Pero no esta noche, ya había resuelto sin siquiera saberlo la solución final a todo, todo estaba ya calculado, y el único impedimento para la liberación era el propio apego a la esclavitud que su frágil personalidad mantenía con su vida, ya carente de tiempo. Apretó y deslizo sus dedos. Le gustaba sentir como el calor de sus yemas se propagaban a lo largo de la fría piel, de la lisa y perfecta curvatura de aquel cuerpo que acariciaba. Para él, era el último adiós con la persona que dio a su eterna vida el único tiempo que tuvo jamás para vivir… y ahora se había agotado. Comenzó a recorrer aquel páramo un sonido procedente de la campana de su acrónico lugar, la cual marcaba los últimos segundos antes de medianoche. Cerro los ojos y posó sus manos sobre la espalda de la muchacha, acercándola hacia sí abrazando su cintura y su hombro, y la apretó contra su pecho todo cuanto pudo. El tener que decir ese adiós definitivo y estar viviendo esa pesadilla que tanto le acechaba fue como sentir que el corazón se le congelaba, que no podría seguir nunca más el ritmo del tic-tac de cada reloj; el sentir que cada gota de sangre que configuró su vida empezaba a detenerse para dejar de fluir hacía nuevos momentos que ya nunca existirían detuvo toda su vida por un segundo, en el cual su cabeza se desplomo contra el pecho de la chica. Estaba pálido y lloraba lágrimas de hielo que se agolpaban por intentar salir, en vano. Ella deslizó la mano por su frente, y comenzó a tranquilizarle delicadamente mesando su pelo, mientras le susurraba unas últimas palabras:

-No llores ahora, lo peor ya ha pasado. No es un adiós triste ni es un final, pues ya nunca, nada, va a poder separarnos jamás. Verás, este es nuestro último momento juntos, pero nunca diremos adiós. Nunca nos extrañaremos, ni lloraremos. No despertaremos el uno sin el otro, ni olvidaremos la mirada que cautiva nuestros sueños. Tampoco recordaremos nada, porque todo lo que seremos ya sólo sera lo que fuimos, y ya no habrá ninguna manera en la que el tiempo nos sobreviva. Seremos siempre el amor perfecto, el amor acrónico.

Ahora solo la caída de esas gotas marcaban los ya inexistentes segundos. Sus ojos, inertes, se clavaban sobre el cobrizo cuchillo de acero con el que le asesto el golpe definitivo a su moribundo tiempo.

Breve historia del viaje más largo

Hace algunos meses, me encontraba vagando por las calles de la Bohème de Henry Murger… No recuerdo si en Montmartre o en otro distrito. Pero el caso que concierne a esta historia, es ese extraño día. Como cualquier otro, recuerdo pasar desde que salía el sol hasta que volvía a salir, sin más rumbo en la vida que el espontaneo cambiar de dirección que surgía a cada momento de esta improvisada forma de vivir. Pero entre tanto alboroto,  también conciliaba el  frenesí con las estancias en narcóticas salas donde me reunía con otras mentes libres a frenar un poco tanto entusiasmo artístico dejándonos caer en profundos sueños de opio. Siguiendo un riguroso ritual en nuestro sacramento y pese a que el azúcar de caña escasease, comenzábamos con la copa habitual de nuestra querida Feé Verte, vertiéndola delicadamente sobre opacos cálices aforados. Ya nadie rebajaba la absenta a solo un tercio de su volumen, pero aun así, ese día fue duro por alguna razón. Mientras se disolvía el terrón de azúcar en la lechosa mezcla, mi mente ya comenzaba a desvanecer sus ataduras lógicas  a causa del fuerte olor de las amapolas. Me dispuse a sostener mi mundo un segundo más sobre mi espina dorsal, mientras saboreaba el último trago de la bebida. Pero entonces, sin llegar a recordar haber tragado ese último aliento del Hada, todo comenzó a flotar sobre una densa niebla verde. Las proporciones se distorsionaban mientras que los colores empezaban a transmutarse. Las imágenes se retorcían sobre sí mismas, las luces comenzaban a brillar con más fuerza o a apagarse súbitamente, hasta que solo el brillo de zafiros, topacios, rubíes y diamantes iluminaba todo lo que se aparecía frente a mi mente. Los sonidos empezaban a enturbiarse, y por un momento, la muerte vino a presentarse para llevarse mi consciencia lejos de mi cuerpo. Vi las horas pasando en la habitación mientras los cuerpos de cinco personas yacían sin pulso, los días que pasaron hasta que fueron trasladados a la morgue, y pude presenciar hasta el momento en que el cuerpo se descomponía y devolvía por fin todo cuanto la vida le había dado a la tierra que lo vio nacer… y todo esto en apenas segundos. Fue una sensación rarísima, porque yo seguía notando mi cuerpo ahí presente, pero mi consciencia se veía catapultada de unos lugares a otros… Vi águilas en el horizonte, un horizonte que jamas había podido ni imaginar, el color de un atardecer en el que el mar se imbuía con las llamas del sol, mientras yo lo contemplaba desde lo más alto de un árido cañón. Esas mismas águilas que luego me vieron tumbado, riendo sin sentido bajo los campos de centeno de un tiempo y un lugar incluso más remoto, escuchando a lo lejos la voz de un tal Sócrates, del cual veía su figura desvaneciéndose alocada, inspirada y enajenada por algún pensamiento revelador extraído de Eleusis. De un momento a otro, las mismas espigas de cereales que me acariciaban la mejilla se convirtieron en el suave tacto de la vieja y refinada arena que vibraba al son de la música de toda esa gente amistosa que cantaba y bailaba en sincronía, bajo la sinergia de todo su amor como único pacto social, donde por fin la lógica de aquello que tras el simple cristal desde el que miramos la realidad no podía ser visto ni explicado, cobraba vida en los corazones que por un momento sintieron como desde lo más ínfimo a lo más infinito formaban parte de un mismo todo, eramos todos parte del mismo ente universal. ¿Qué mayor identidad común que esa podría haber?

Capítulo 1: Vuelve la vida al bosque dorado.

De entre los escritos de Xxxxxx  Xxxxxx

Preparamos y prendí una fogata con la que me encendí un cigarrillo después de haberle ofrecido uno a ella. Aceptó de buen gusto: a la media hora ya le habían vuelto a entrar nervios e inquietudes, oleadas de pavorosas sensaciones que recorrían la espalda… Los pájaros nocturnos no paraban de cantar. No lo hacían con la alegría de la mañana, o no al menos con tal ímpetu. En cambio, lo hacían cuidadosamente, evitando decir algo que no fuese necesario, haciendo su vida en calma.

O tal vez estaban agitados… Pese a intentar ser sigilosos, no podían evitar reprimir la sensación de amenaza que causaba la presencia de un par de indeseados, lo cual les creaba una perturbación que denotaban con sus voces, clamando aquí y allá “Cuidado”, “¡hay humanos!”,”Unámonos contra ellos”.

Poco a poco la niebla se empezó a disipar. Bueno, tal vez, notamos que dejó de hacer tanto frío; y puede ser, que cuando ya el calor de la hoguera nos evitó tal preocupación, fue cuando empezamos a observar donde estábamos.

-¡Mira! – Grité con estupefacción – ¿Habías visto alguna vez algo así?

-Espera – decía ella, despreocupada – esta rama no arde bien estando aquí…

-¡Deja eso, joder! – dije sobresaltado, mientras ella levantaba la mirada y abría la boca – Tienes que ver todo este sitio que nos rodea… ¡Mira los árboles!

Nunca antes había visto nada así, ni sabía de la existencia de tales seres. Lo que allí habitaba la noche, no eran simples árboles.

Destacaba a primera vista el impacto visual de hojas grandes, alargadas y trenzadas sobre si mismas, con tonos purpúreos bajo el reflejo del fuego, variando su tono y luminosidad como si fuesen ellas las que ardían, pero sin ninguna llama. Un destello que no deslumbraba nada, empezaba a emerger de ellas, y de numerosas lianas que se mostraban a los alrededores con el mismo brillo. Al mirar hacia arriba, se veían las copas de los gigantescos árboles con un reflejo azulado, como si un fuego fatuo ardiese en ellas.

De repente aparecieron nuevas luces, ajenas al fuego, el firmamento y la flora. Se trataba de cientos de luciérnagas, de miles de tipos y tamaños, unas planeando, otras posadas sobre los árboles, la maleza… Abundaban por todas partes, haciéndole sombra al propio fuego que acabábamos de encender, queriendo competir con él. Y consiguiéndolo.

En ese momento, ya todo el bosque quedaba iluminado por miles de especies: era una visión fascinante, una composición fabulosa de luces y colores, reflejos, brillos y destellos, arremolinándose entre nosotros, dando una cálida bienvenida al bosque, mientras doradas hojas caían desde los arboles a modo de obsequio.

De pronto, apareció un grupo de monos capuchinos, todos ellos joviales, portando frutas y bayas, castañas para nuestro fuego y más delicias del Bosque, las cuales fuimos comiendo a lo largo de la noche.

Nosotros no podíamos dejar de mirarnos atónitos el uno al otro y a lo que teníamos a nuestro alrededor, algo que no solo era visualmente extraordinario, si no que también te hacía sentir de una forma nueva. Todo era nuevo, habíamos vuelto a una infancia desvinculada del ego actual, y no podíamos ni responder ante todo ese impacto de nuevas sensaciones de lo rompedoras que resultaban.

-¿Nos hemos vuelto locos? – Preguntó con cierto titubeo

-No se que es todo esto, pero no parece más que un sueño – dije tranquilamente – de otra manera, todo esto no sería real

La niebla que antes nos sumergía, volvía ha hacerse presente, pero ahora no resultaba hostil. Simplemente nos fue empujando a golpe de viento por un camino que se alejaba de la hoguera

-¡Ni hablar! – dije, con una sensación de inquietud

-Venga, ¿Ahora quién es el cobarde? – exclamó riéndose de mi mientras me empujaba a favor de la corriente de la niebla

No pude si no dejarme llevar. Según nos iba arrastrando la niebla, se iban abriendo nuevas veredas de entre los matojos y los arbustos, dejándose iluminar por unas luciérnagas aladas que nos seguían como hadas, mientras que a su vez, las que yacían entre las plantas empezaban a lucir, indicando un sendero. Se trataba de un caminito estrecho, pavimentado de doradas y escarlatas hojas, bajo la lluvia de otras, que bajo el resplandor de la luz que acompañaba el sendero, lucían con colores azulados de tonos encendidos.

De pronto, la ruta se encogió aun más, dando paso a un cruce del río en el que antes se habían bañado, pero siendo un acantilado que cortaba el bosque abruptamente. Aun así, se había creado un puente natural a dicha altura entre dos arboles del frondoso bosque, que abrazaban sus ramas de forma amistosa permitiendo atravesar el acantilado.

A los pies de dicho puente natural, ardían dos troncos puestos en vertical, con unas llamas azules que invitaban a entrar cruzando el arco que formaban los árboles, pero a la vez creando cierta incertidumbre al deslumbrar todo aquello que había al otro lado. De nuevo atacó el miedo y la duda, sembrando desconcierto a su alrededor.

– Oye, esto no pinta nada bien, todo esto es muy extraño – dijo la chica, intentando calmarse con un tono apaciguado

– Mira, no tengo ni idea, pero podemos intentar reflexionar. Todas estas cosas tan extrañas no pueden ser reales. El mundo que yo conocía no tiene nada que ver con esto. Allí los animales no se compinchan entre ellos para darnos tal espectáculo, ni los árboles tienen esos colores, ni las plantas muestran ese toque mágico que se plasma en la niebla… ¡Y esa niebla! ¿No te parece un halo espectral que inunda todo el lugar, como si de un encantamiento se tratase? – Medité de forma preocupada

– Cierto es, que todo esto que ahora nos acontece no es si no propio de los cuentos de antes de dormir y de los sueños que estos provocan. – dijo la muchacha de forma tranquila – Nada de esto puede ser si no la más grande de las fantasías imaginadas por una mente que lleva todo el día caminando a través de la naturaleza.

– Bueno, visto de ese modo… Pero, entonces ¿Tú estás soñando lo mismo que yo? ¿O solamente eres parte de mi sueño?

– Eso me estaba preguntando yo.

– ¿Entonces qué? Si bien es un sueño, tu eres parte de mi sueño, por lo que actuarías en este como tal, pudiendo hacerme creer por engaño de la mente que, en efecto, estamos en el mismo sueño

– Pues siento no poder sacarte de dudas. Para mí, tu eres parte de mi sueño del mismo modo. Puedo y de hecho pienso lo mismo que tu sobre esto… ¿Y si mi mente me engaña?

– Bueno… entonces, ¿Hemos coincidido en un mismo sueño? ¿O es el sueño de cada uno? Si estamos en el mismo sueño, significa, por un lado, que nada tiene sentido; pero porque a la vez, significaría que estamos bajo una misma realidad… Una realidad que no es real… ¿No te suena raro?

– Totalmente… sigue.

– Pero si es el sueño de cada uno, esto tampoco es real, si no una realidad subjetiva de cada uno, o de uno solo de los dos; posiblemente el otro esta, en la autentica realidad, tumbado al lado mio mientras sueño… Y en cualquier caso, esto no es real.

– Entonces, si nada es real, ¿Por qué te llenas de preocupaciones? ¿Qué es lo que tanto te inquieta?

– Es perturbador.

– No parece terrible como una pesadilla, entonces, ¿No es un buen sueño?

– Puede ser, visto así. Cuanto menos interesante.

– Intrigante, diría yo. Sigamos, ya sabes. Nada que temer.

Empezamos a gatear cuidadosamente por el puente que conectaba todo el camino que habíamos realizado hasta ese momento, hacía un lugar totalmente nuevo y misterioso para nosotros. Ante el inicio de la otra riviera, se mostraba otro callejón custodiado por una vasta y poblada vegetación: Árboles, hiedras, mucha maleza, y unos cuantos conjuntos de flores, ornamentadas con frondosos colores, recorriendo toda la escala del arco iris a lo largo de las franjas al rededor de los árboles sobre los que se arremolinaban, formando arcos que unían el callejón. Este parecía abrirse al final, el cual estaba precedido de una intensa luz que no permitía ver más allá. Cuanto más nos acercábamos, más nos costaba si quiera mantenernos erguidos, costandonos avanzar a cada paso que dábamos.

Pero una vez cruzado el arco, abiertos de nuevo a la interperie, nos topamos con algo muy distinto a esa desgarradora luz. Al contrario, la luna iluminaba por completo el claro sobre el que nos condujo la niebla, la cual se había disipado para dar paso a un aire limpio y depurado en el que se podía respirar tranquilidad. El claro no era muy extenso, apenas cabía una casita. Estaba rodeado del bosque, poblado de cesped y un solitario tronco rebanado, el cual estaba situado en el centro. Decidimos sentarnos en él para disfrutar del lugar mientras recuperábamos el aliento, y hacíamos como que todo volvía a la normalidad.

– ¡Eh, mira! – Dijo la chica con un entusiasmo renovado – Las estrellas brillan y se ven a miles a pesar de la resplandeciente luna

– Que envidia no tener esto en el pueblo, con tantas luces dañinas, faltas de sentimiento, desagradables, tratando de hacer perdurar el día cuando es de noche, y obviando el propio brillo con el que la noche luce por sí misma.

Nos fuimos engatusando de las estrellas, quedándonos de nuevo atónitos. Frente a ellas, viéndolas tumbado, parecían estar al lado. Era como un mar de viajeros, que combatiendo a la oscuridad, prendían una vela. Se les veía desde lejos, como si fuesen navegantes de otros mundos, océanos supralunares. Él las conocía bien. Le gustaba contemplarlas, admirarlas, y saber todo lo posible sobre ellas. En ese momento, empezó a acordarse, de que toda forma de vida que se haya creado, fue formada por estas estrellas, las cuales un día muerieron, dispersando su polvo sobre el universo… el polvo de la vida, el mismo que han compartido todos nuestros ancestros a lo largo de toda la existencia del mundo. Y no solo los hombres, también los animales, las plantas, en un continuo ciclo de emerger y perecer, que permite que perdure toda esta vida. Todas estas vidas morirán, al igual que las miles que vuelvan a brotar en este mundo, y así, indefinidamente. Pero hasta las estrellas que más brillan, mueren algún día. ¿Por qué gastar ese infimo tiempo en destruir, esclavizar, enjaular y acabar con todo esto que permite la vida de millones de seres, de toda su existencia, sus alegrías, sus penas, sus goces y sus lágrimas? Ya no le veía sentido de ninguna forma a la vida en sociedad como conocía, la sociedad que se consumía a ella misma, y con ella, a todo aquel que la integrase, robándole la vida a cada segundo de su inexorable tiempo