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Esclavitud en el Siglo XXI

Dado que la esclavitud se toma demasiado en su antiguo significado, podemos sonreír frente al hecho de que la esclavitud ha sido erradicada en cualquier marco legal de hasta algunas de las naciones más desfavorecidas por regímenes autoritarios – tampoco tenemos que pensar en un ejemplo más allá de naciones en vanguardia tecnológica como la India para encontrarnos con los intocables, las multinacionales occidentales que lo secundan… –

Lo alarmante, es que la propia sociedad ya no se plantee la esclavitud como algo aun latente en el seno de las sociedades más avanzadas: tráfico humano en cualquier esquina de la ciudad, mafias de tradiciones grotescas y cuestionable ética; y sin ir más lejos, la indiferencia de los estados y la ignorancia de los ciudadanos sobre el control monetario que ejercen multinacionales e instituciones globales para esclavizar. Desde naciones enteras que cayeron en la desgracia del colonialismo, hasta millones de familias en todo el globo que viven eternamente postradas frente a deudas, hipotecas y créditos que marcan las pautas de su vida.

Sin ir más lejos, la actual dependencia que el ser humano profesa a las nuevas tendencias de consumo masivo y desechable lo mantiene esclavizado al trabajo asalariado, el cual, como ocurre ahora, depende de los juegos de azar de bancos e inversores, estando así permanentemente expuestos y a expensas de aquellos con el poder de subir su sueldo, nombrar cargos a dedo, reducir las prestaciones de los funcionarios… Olvidamos que son los trabajadores quienes alimentan a sus jefes, quienes construyen las casas de los políticos y quienes educan a sus hijos. Son los trabajadores quienes ven sus manos sangrar para que individuos beban mejor vino del que merecen.

El dinero es trivial en una sociedad donde el auténtico aporte del trabajo es de todos; el dinero no es más que la cadena que llevamos atada al cuello. El trabajo asalariado es esa cárcel que nos hace creer libres a través de las ventanas a los caprichos del dinero. Y funciona, porque resulta muy fácil llenar vidas (in)finitas de cosas vacías.